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La tregua

La tregua

por Mario Benedetti 1960 215 páginas
4.17
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Plot Summary

Cuenta regresiva al ocaso

Un hombre contará los días

Martín Santomé, viudo y cerca de los 50 años, inicia su diario sobre la cuenta regresiva hacia su jubilación. Vive atrapado en la monotonía de su trabajo burocrático en una oficina gris de Montevideo, soñando con la libertad que le brindará el retiro, aunque teme al vacío existencial que le espera. Refugiado en la rutina, siente que la vida le ha pasado de largo; la muerte de su esposa Isabel lo dejó emocionalmente anclado. Observa a sus hijos –Esteban, Jaime y Blanca– desde una distancia infranqueable, sin poder comprenderlos del todo ni conectarse realmente con sus inquietudes y anhelos. Así, comienza una narración profundamente íntima que oscila entre el cinismo defensivo y pequeños destellos de esperanza, marcado siempre por el miedo a perder definitivamente el tiempo y la posibilidad de la felicidad.

Familia rota, memorias latentes

El peso de los hijos vivos

La relación de Martín con sus hijos está llena de silencios, malentendidos y reproches tácitos. Con la muerte de Isabel, la familia quedó incompleta e inestable. Martín se lamenta de no reconocerse en sus hijos, ni por sus caracteres ni siquiera por sus rasgos físicos; especialmente con Jaime y Esteban la comunicación es casi imposible. Blanca, en cambio, le provoca ternura y una dolorosa empatía: ambos comparten una tristeza antigua, cubierta por la máscara de la cordialidad cotidiana. La imagen de Isabel recorre sus pensamientos: la culpa, la añoranza y los recuerdos difusos de un amor que quizás nunca fue pleno, pero sí constituyó un asidero vital durante años. Empieza a aceptar que su relación con el pasado es una suma de imágenes borrosas y emociones no resueltas.

Oficinas y rutinas estériles

La vida se consume trabajando

El trabajo se convierte en el refugio y al mismo tiempo en el símbolo del sinsentido para Martín. La oficina, ese espacio compartido con compañeros anodinos, envidias mínimas y jerarquías absurdas, representa la inercia de la existencia adulta. Las pequeñas insubordinaciones —leer novelas a escondidas, alargar la pausa del café— son los únicos gestos de rebeldía posibles. Martín reflexiona sobre la mediocridad generalizada, la lógica de la obediencia y el premio del retiro como una zanahoria hueca. Sin embargo, la llegada de nuevos empleados introduce una posibilidad de cambio: la joven Avellaneda, tímida y callada, lo intriga más allá de la rutina, abriendo una brecha insospechada en su somnolencia afectiva.

Un encuentro inesperado

La aparición de Avellaneda

La llegada de Laura Avellaneda a la oficina marca un antes y un después en la existencia de Martín. No es un deslumbramiento inmediato, sino un interés pausado y sincero. Avellaneda resulta competente en su trabajo, reservada, y su actitud humilde despierta en Martín una curiosidad renovada, primero paternal, luego afectiva. En las horas compartidas de revisión de cuentas y tareas administrativas surge un reconocimiento: la joven es vulnerable, siente y piensa más allá de la facha gris que impone el contexto. Surgen pequeños gestos, miradas furtivas y conversaciones que, sin ser todavía íntimas, revelan una afinidad creciente y el anhelo de algo que rompa la previsible continuidad de los días.

Avellaneda: una presencia sutil

La esperanza crece en la rutina

La relación entre Martín y Avellaneda avanza entre la formalidad y el deseo contenido. El sentimiento de Martín pasa de la simple admiración al nerviosismo y la expectativa. La joven, aunque distante, permite a Martín recuperar emociones que creía extinguidas. Pequeñas preocupaciones —si la joven tiene novio, si alberga simpatías por él— se convierten en el motor de su día a día. El juego de miradas y las coincidencias en cafés del centro son el preludio de un acercamiento más profundo. Por primera vez en décadas, Martín se pregunta si la felicidad no será escondida en los detalles, en una conversación trivial, en una sonrisa apenas esbozada.

La chispa de la ternura

El primer resplandor del amor

El vínculo se solidifica a partir de la confesión de sentimientos. Martín, contra su propio escepticismo y el mandato de la edad, declara a Avellaneda que la ama. Ella, con timidez y honestidad, responde que lo intuía, que siente cariño por él. Esa confesión, lejos de apaciguar las dudas, las potencia: la diferencia de edad, los fantasmas del pasado, la familia de Martín y las expectativas sociales pesan sobre el vínculo. Sin embargo, ambos deciden intentarlo sin ataduras formales ni promesas solemnes: será un amor clandestino, abierto a la felicidad mientras dure. Surge entonces el apartamento secreto, el espacio donde pueden ser ellos mismos. Se inicia así la "tregua" de Martín con la vida.

Amor entre el desencanto

Felicidad intensa y miedo a perder

La historia de Martín y Avellaneda florece en silencio, lejos del juicio del mundo. La pasión se mezcla con la ternura, el deseo con la necesidad de compañía. Martín se maravilla de su propia capacidad de sentir, redescubre el cuerpo —propio y ajeno—, la complicidad de las conversaciones y el sinsentido de la culpa. Las dudas sobre la conveniencia del vínculo, el futuro y la opinión de los hijos, sobre todo de Blanca, se disuelven cuando la joven y la hija se conocen y aceptan. El idilio parece completo, pero en Martín persiste la conciencia trágica: la felicidad es frágil, y alguna sombra ("la malicia de los Otros", la muerte, el tiempo) puede irrumpir sin aviso.

El peso del pasado

Culpa, recuerdos e imposibles

El pasado nunca deja de acechar. El dolor por Isabel, la culpa por los hijos, el rencor latente de Jaime y la dificultad para perdonarse a sí mismo, a los demás y a la vida, son heridas abiertas. Martín asiste con impotencia a los destinos contradictorios de sus hijos: Esteban al límite del cinismo y la resignación, Jaime enfrentando su homosexualidad y el rechazo social, Blanca buscando su lugar entre la lealtad y la rebeldía. Las conversaciones familiares, tensas o cariñosas según el día, reflejan el dilema de una generación atravesada por el luto, la rutina y el deseo de una autenticidad que apenas se insinúa.

Una felicidad clandestina

La tregua como paraíso efímero

El apartamento y los encuentros secretos simbolizan la suspensión momentánea del dolor. Martín y Avellaneda encuentran en lo cotidiano —el desayuno juntos, los paseos, los planes mínimos— la sensación de bienestar ignorada durante años. Compartir confidencias, reírse de los jefes, soñar con un porvenir sencillo, les basta. Para Martín, la plenitud consiste en la naturalidad con la que la joven le toma la mano, más que en cualquier explosión carnal. Sin embargo, su conciencia lo mantiene alerta: la posibilidad de perderlo todo está siempre latente, y el tiempo —esa cuenta regresiva inapelable— no da tregua.

Madurez, miedo y entrega

El vértigo del compromiso

Superados ciertos temores iniciales, Martín contempla la idea del compromiso definitivo: el matrimonio. Reflexiona junto a Avellaneda sobre el amor, la vejez, los celos y el inexorable deterioro. La joven demuestra una madurez sensible y decide no presionar: prefiere una unión auténtica a una formalidad impuesta. La aprobación (o resignación) de Esteban y Blanca brinda sosiego a Martín. Ahora siente que la tregua es completa, que el destino le ha dado —casi contra todo pronóstico— una segunda oportunidad. Aun así, sigue pensando en Dios y en la naturaleza esquiva de su suerte, temeroso de que la dicha no sea para él.

Reconciliaciones y fracturas

Las heridas entre padres e hijos

La felicidad de Martín se ve empañada por la crisis con Jaime, quien asume su homosexualidad y se marcha de casa. Viejos resentimientos y culpas no enmendadas emergen al primer roce: la incapacidad paterna, las carencias afectivas acumuladas y los roles impuestos por la viudez. Sin embargo, Blanca se convierte en aliada de Martín, al aceptar y hasta impulsar la relación con Avellaneda. Con Esteban, finalmente logra una conversación genuina, aliviando años de distancia y desencuentro. Para Martín, cada reconciliación parece prometer una reparación, aunque la herida de fondo nunca sana del todo.

La tregua de la vejez

La felicidad, y su fin anunciado

El tiempo juntos se convierte en una secuencia de pequeños milagros: gozan del presente, fantasean con el porvenir —quizá con hijos, quizás no—, sin grandes gestos ni sueños grandilocuentes. La "tregua" se manifiesta en vivencias simples: observar la lluvia, compartir fotos de la infancia, reparar muebles, hablar de las creencias y el sentido de la vida. La rutina finalmente adquiere sentido, y el miedo al vacío se disuelve. Pero la tregua, como todos los paréntesis, no está destinada a durar. Martín se atreve a pensar que el dios indiferente le ha brindado esta oportunidad, aunque sabe que "no hay derecho a prórrogas".

El horizonte de la rutina

El futuro se cierra de nuevo

Martín recibe la noticia de que su ansiada jubilación está lista, y con ella el final de su presencia en la oficina se vuelve inminente. El sentido del trabajo se ha agotado y solo queda la expectativa del ocio, que ahora teme por la posibilidad de un nuevo vacío. Cree que la presencia de Avellaneda hará la diferencia, que la felicidad será posible incluso tras el retiro. Se concede finalmente el derecho a no aceptar la subgerencia; opta por la libertad y por la vida compartida con la joven. Sin embargo, la fragilidad de la dicha se hace cada vez más patente.

Avellaneda, plenitud y vacío

Vértigo y plenitud, luego sombra

La relación alcanza un clímax de ternura y entendimiento. Martín y Avellaneda experimentan la plenitud auténtica: el amor, la comprensión y la rutina compartida. Sin embargo, una abrupta ausencia de la joven (por enfermedad) destroza la normalidad apenas conquistada. Martín comprende al fin la magnitud de su dependencia afectiva: la vida sin Avellaneda le resulta insoportable. Decide que ha llegado el momento de formalizar su unión; quiere casarse con ella, pero no alcanza a comunicar su decisión. El ansiado equilibrio entre amor, libertad y esperanza vuelve a desvanecerse.

El golpe de la pérdida

El destino arrebata la tregua

Sin previo aviso, la tragedia irrumpe: Avellaneda muere repentinamente de un problema cardíaco durante su convalecencia. La noticia le llega a Martín de forma absurda, casi burocrática, por un familiar de la joven. En un estado de shock, siente que se derrumba la única salvación posible, que la tregua se ha convertido en una burla cruel. El dolor se mezcla con la rabia, con la percepción de la indiferencia del mundo y de aquellos que usan la palabra "falleció" como si nada hubiera ocurrido. A Martín solo le queda el vacío y el recuerdo: cuatro quintas partes de su ser han muerto con ella.

Soledad, resignación, memoria

Luto, memoria y resignación estoica

La muerte de Avellaneda reabre todas las viejas heridas de Martín y aumenta su sentimiento de insignificancia. La rutina recobra su aspecto más opresivo, la jubilación ya no significa libertad sino condena. Conversa con Blanca, su única confidente, sobre el vacío que lo habita y la difícil relación con Dios y el sentido de la vida. El encuentro con la madre de Avellaneda lo confronta con otras formas de pérdida y de luto. Los recuerdos comunes se convierten en un pequeño reducto de consuelo, pero nada puede llenar el hueco dejado por el amor perdido.

Dios y el sentido esquivo

La búsqueda de sentido fracasa

Martín no logra encontrar consuelo en la fe ni en la racionalización. Dialoga interiormente con un Dios distante, incapaz de brindar respuestas o alivio. Se reconoce parte de un destino oscuro, ni siquiera cruel, simplemente inexplicable y ajeno a la lógica del merecimiento. La resignación, antes cobijo contra el dolor, se ha transformado en condena; la tregua que creyó felicidad era solo un paréntesis antes de la oscuridad definitiva. Siente que la vida ha dejado de tener interés; el mundo le resulta inabordable, carente de todo asidero.

La vida sin tregua

El epílogo: final de la tregua

Martín asume su soledad radical. Decide dejar de escribir en su diario, convencido de que el acto de recordar solo perpetúa el dolor y el desaliento. El retiro laboral llega acompañado de la absoluta desconexión emocional y social. La ausencia de Avellaneda lo marca para siempre; ni sus hijos, ni los amigos, ni la rutina consiguen llenar el vacío. Para Martín, la vida vuelve a ser una inercia y la tregua, apenas un espejismo. Necesita a Avellaneda más que a Dios, pero ella no está ni estará nunca más. Solo quedan el silencio, el desaliento y una resignación que ya ni siquiera es coraje.

Analysis

La tregua de Benedetti es, con voz sencilla y descarnada, una profunda elegía sobre la soledad, el amor tardío y la precariedad de la felicidad. A través del personaje de Martín Santomé, paradigmaticamente hombre común, la novela explora los mecanismos del desencanto, el peso de la rutina y la dificultad de reconciliar pasado y presente. El relato —íntimo, casi confesional— evidencia la incapacidad para comunicarse con los otros y consigo mismo, rasgo universal de la tristeza contemporánea. El amor por Avellaneda adquiere carácter de redención, pero emana matices de la mortalidad y la fugacidad: la "tregua" es siempre breve y condenada. Benedetti expone que la felicidad no se encuentra al final de la vida ni en el cumplimiento del deber, sino en el instante compartido y la vulnerabilidad aceptada. Así, el mensaje final conmueve: la vida no ofrece garantías, y la dicha, cuando llega, es necesaria vivirla sin reservas, pues su fin nunca será justo ni esperado. La traza de la novela es la de la compasión por la mediocridad y el heroísmo cotidiano de los hombres grises, que a veces, apenas a veces, atisban la luz.

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Reseñas

4.17 de 5
Promedio de 45k+ calificaciones de Goodreads y Amazon.

La tregua receives mostly positive reviews (4.17/5), with readers praising Benedetti's simple yet profound writing style and emotional depth. The diary-format novel follows Martín Santomé, a widower approaching retirement at 50, who unexpectedly falls in love with 24-year-old Laura Avellaneda. Reviewers appreciate the realistic portrayal of ordinary life and aging, though many criticize the protagonist's homophobia and machismo, reflecting 1960s attitudes. The devastating ending resonates strongly with readers. Spanish and Arabic reviewers particularly connect with the work's exploration of routine, loneliness, and fleeting happiness, describing it as intimate, heartbreaking, and profoundly human despite its problematic elements.

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Characters

Martín Santomé

Hombre cautivo del desencanto

Martín es un hombre atrapado entre la rutina, el desencanto vital y el peso del pasado. Viudo desde joven, nunca logra conectar auténticamente con sus hijos ni satisfacer su propia necesidad de sentido. Encarna la resignación propia de la clase media urbana y burocrática, reprimiendo emociones y deseos para no parecer patético o fuera de lugar. La llegada al amor tardío con Avellaneda es un experimento de autodescubrimiento y redención, donde el miedo al ridículo y a la vejez es tan potente como la esperanza de felicidad. El ciclo de tregua y pérdida termina por definirlo como alguien profundamente humano: introspectivo, ansioso, errático y, al final, carente de toda ilusión.

Laura Avellaneda

Símbolo de pureza y esperanza

Avellaneda es una joven colaboradora en la oficina de Martín, de origen modesto, discreta y dueña de una ternura franca. Representa la posibilidad de reconstrucción afectiva y devuelve a Martín el deseo de vivir. Su naturaleza es insegura y tímida, pero sincera. Se entrega al amor maduro y desigual, desafiando normas sociales y la diferencia de edad, aceptando la incertidumbre como parte de la relación. Avellaneda es la única capaz de hacer sentir a Martín plenamente vivo y amado, mostrando que la felicidad es posible, aun transitoriamente. Su muerte, abrupta e irreparable, la vuelve mito personal y símbolo de la felicidad efímera e irrecuperable para Martín.

Blanca Santomé

Hija leal, puente emocional

Blanca es la hija que más se parece a Martín en sensibilidad y temperamento. Aunque reservada, es la única de los hijos en quien Martín confía y logra establecer un verdadero diálogo. Su rol en la familia es de equilibrio y apoyo tanto para su padre como para sus hermanos. Se muestra comprensiva ante el vínculo con Avellaneda y acepta el amor de su padre por la joven como una segunda oportunidad para ambos. Blanca funciona como catalizadora de reconciliaciones y de empatía, compensando la desgarradura afectiva que recorre la vida familiar.

Esteban Santomé

Resentimiento estoico, búsqueda de lugar

Primogénito de Martín, Esteban es hosco y distante, incapaz de expresar abiertamente sus sentimientos. Sus reacciones oscilan entre el cinismo y el deber cumplido, y mantiene una relación de respeto y ligera rivalidad con el padre. Persigue la estabilidad y el reconocimiento, aunque nunca los alcanza del todo, y la rutina lo va volviendo cada vez más cínico. Finalmente, muestra una comprensión resignada ante el amor de su padre por Avellaneda, admitiendo la dificultad de juzgar desde fuera una situación personal tan intensa.

Jaime Santomé

Rebeldía silenciosa, secreto y fuga

El hijo mediano, Jaime, es el más enigmático y sensible de los tres. Inteligente y con humor, es también el más alejado afectivamente de Martín. Lucha con la aceptación de su homosexualidad en un ambiente opresivo, lo que propicia su distanciamiento y eventual huida del hogar. Su partida supone un golpe para Martín, quien se tortura con la culpa de no haber sabido o podido ayudarlo mejor. Jaime simboliza las luchas internas y el conflicto generacional en la novela.

Isabel Santomé

Presencia fantasmática, amor perdido

Isabel es la esposa muerta de Martín y madre de sus hijos. Su figura reaparece en los recuerdos y la culpa de Martín, funcionando como modelo imposible de plenitud conyugal. La muerte la convierte en referente inalcanzable, mediadora inevitable y medida de toda felicidad o fracaso en la vida emocional del protagonista. A través de su ausencia, se revela la incapacidad de Martín para superar el duelo y la paradoja de amar solo en retrospectiva.

Aníbal

Amigo verdadero, contrapunto y conciencia

Aníbal es el único confidente real de Martín, su "amigo mejor", capaz de confrontarlo con verdades incómodas y de oponerse a su autocompasión. Representa el escepticismo vital, la visión aguda sobre las contradicciones humanas y la posibilidad de una amistad adulta y sincera, rara en el universo gris de la novela. Es quien plantea a Martín los límites de su generosidad y egoísmo, desnudando la fragilidad de sus justificaciones y miedos.

Mario Vignale

Pasado ridículo, espejo de mediocridad

Viejo conocido de Martín, Vignale representa la tentación del recuerdo y el patetismo de la mediocridad hecha costumbre. Chato, pesado, y dueño de una vida anodina, contrasta con Martín desde su desparpajo y falta de autocrítica. Su presencia es un recordatorio irónico de la facilidad con la que se desperdicia la vida en pequeñas miserias, y evidencia la poca sustancia de las relaciones cultivadas solo por hábito o nostalgia.

La madre de Avellaneda

Duelo, sabiduría y complicidad

Figura secundaria pero decisiva, la madre de Avellaneda transmite el rostro adulto del dolor: ha sufrido la muerte de su hija y conserva la dignidad y la capacidad de empatía con el sufrimiento ajeno. Su conversación con Martín tras la muerte de Avellaneda funciona como catarsis y como legado de resiliencia. Sabe distinguir entre la resignación y el sincero aceptar del dolor, reconociendo en Martín a un igual en el luto y la orfandad.

Muñoz

Lealtad burocrática y consuelo limitado

Muñoz es uno de los empleados más cercanos a Martín, leal, responsable y, ocasionalmente, el depositario de pequeñas confidencias laborales. Su presencia constante ilustra la fraternidad posible dentro del espacio opresivo de la oficina; es quien, después de la muerte de Avellaneda, acompaña a Martín durante la crisis, aunque sólo puede ofrecerle consuelo funcional y superficial. Representa las "amistades de trabajo": sólidas mientras dura la coyuntura diaria, pero intrascendentes ante el drama auténtico.

Plot Devices

Estructura diarística y subjetividad

Intimidad total, visión limitada del mundo

Benedetti opta por el formato de diario personal, permitiendo un acceso directo a la subjetividad y los matices emocionales de Martín Santomé. La narración transcurre a través de anotaciones diarias, lo que acentúa el paso del tiempo y el contraste entre la rutina y los momentos de pleno significado. Este recurso confiere autenticidad y profundidad psicológica a la voz protagonista, pero también restringe la mirada: todo lo que ocurre está filtrado por sus percepciones y prejuicios, haciendo del lector un testigo privilegiado y un confidente a la vez.

Simbolismo de la tregua

Suspensión de dolor, felicidad provisional

La "tregua" es el núcleo simbólico de la novela, funcionando como metáfora tanto del paréntesis de dicha en la vida de Martín, como de la suspensión de la resignación ante la rutina, la muerte y la pérdida. Se utiliza como recurso de contraste: la felicidad es posible solo como interrupción, nunca como estado continuo. Así, la novela se convierte en una reflexión sobre el sentido frágil, contingente y precario de las alegrías humanas.

Foreshadowing y presagio

Advertencias constantes del final

Desde los primeros compases, la estructura diarística y ciertos comentarios de Martín ("no hay derecho a prórrogas", "toda felicidad es efímera") presagian la imposibilidad de eternizar la tregua. La relación con Avellaneda está marcada por la ansiedad anticipatoria; gestos, recuerdos y silencios anuncian que la dicha será breve. Benedetti siembra pequeños detalles —el miedo al ocio, la muerte de Isabel, la salud de Avellaneda— que preparan emocionalmente al lector para el desenlace trágico.

Sobre el autor

Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia was a prominent Uruguayan journalist, novelist, and poet, considered one of Latin America's most important 20th-century writers. Despite publishing over 80 books translated into twenty languages, he remained relatively unknown in English-speaking countries. A member of Uruguay's 'Generation of 45' intellectual movement, Benedetti wrote for the influential weekly newspaper Marcha from 1945 until its forced closure in 1973, serving as literary director from 1954. The military dictatorship forced him into exile from 1973 to 1985. He returned to Uruguay in March 1983 following democracy's restoration, continuing his literary career until his death in 2009.

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